DRUDISMO DE CIUDAD
por Scatha
El propio título de este artículo puede parecer un contrasentido. En el corazón de todo seguidor de la filosofía Druídica, hay un profundo amor y respecto por la naturaleza. Una comprensión más allá de lo racional, y que abarca otros aspectos de la existencia, de que nosotros somos la misma expresión de la naturaleza.
Somos ella, y ella corre por nuestras propias venas. En unidad, con todas las criaturas y seres que comparten este planeta con nosotros. Un planeta que vive, respira, percibe y nos bendice continuamente con su generosidad. Conectados estamos a la Madre Tierra también a nivel energético. Sus fuerzas conforman nuestra propia naturaleza.
Con este esquema de pensamiento ¿quién no desea vivir en el campo? ¿Quién no añora sentirse acunado por el canto de los pájaros? ¿O ver la exuberancia de la vegetación desde su propia ventana?
Pero pensarás, una cosa son nuestros sueños, y otra muy diferente la realidad a la que tenemos que amoldarnos para vivir. Los trabajos que realizamos, los desplazamientos necesarios a un punto concreto de la ciudad, la cercanía a otros miembros de nuestra familia, son circunstancias, todas ellas, que nos llevan a dejar aparcados nuestros sueños. Y buscar, finalmente, un lugar al que llamar hogar, sobre un trozo pequeño de hormigón, elevado varios metros del suelo; una de entre tantas capas que, a modo de sándwich, conforman un típico bloque cualquiera, en una ciudad cualquiera. Ahí comienza nuestra dicotomía ¿Es posible vivir el druidismo y vivir en la ciudad?
Mi respuesta es SÍ. Un sí con mayúsculas. Requiere algo de observación, no lo niego, y un corazón deseoso de comunicarse con todo aquello que, en su fuerza y persistencia, la naturaleza tenga a bien crear entre el asfalto.
Y entonces, te sorprende descubrir tanta belleza a tu alrededor. La ciudad está llena de bendiciones de la Madre Tierra... por muy difícil que se lo pongamos.
He llegado a amar a mis vecinos los árboles de ciudad. Tengo amigos en todas partes. Un magnolio chiquito al que, (uf, casi lo olvido), prometí llevar agua esta semana. Vive en un parque cerca de mi casa, y nos hicimos amigos por casualidad. Ahora, siempre procuro pasar por allí para enviarle bendiciones.
Tengo otros muchos amigos. Hay un olivo no lejos de aquí, que me ayudó a encontrar mi propia fuerza en momentos difíciles.
Pero no todos son árboles. Conozco a todos los gatos del barrio. Los veo desde mi terraza. A algunos los observo desde que eran cachorritos y su mamá venía a beber agua a nuestros jardines. Os cuento un secreto. Hay una llave de paso del agua para regar, que no debe cerrar muy bien. Y a ayudado a mis amigos gatunos a pasar menos sed en muchos veranos calurosos.
¡En fin!. Podría seguir hablándoos de los patos que están anidando bajo el bambú. De las madreselvas que ya empiezan a estar en flor y cuyo aroma realmente me cautiva, de las acacias que me dan sombra cuando voy a comprar el pan. De la planta verde y roja que me saluda al salir del metro.
Les agradezco a todos su presencia. Enriquecen mi vida y mi experiencia. Me ayudan a conectar con aquello que hay de puro en mi.
Y siempre pensaré que por vivir en un piso que otro habitó antes que yo, no se ha tenido que urbanizar más terreno para mí. En casa, ahorro todo el agua que puedo, y me muevo en metro o voy caminando. He puesto macetas en mis ventanas para mantenerme en contacto con los ciclos naturales. No es mucho, pero sé que representa una diferencia. Y ello me ha llevado a estar convencida de una cosa:
Es posible sentir, vivir el sendero del druidismo y llevar su forma de ver la vida ... ¡A todas partes!
